
Los animales. Bestias, mulas, burros y caballos que tuvimos en nuestra casa, cuando yo era un plebito, los recuerdo con claridad asombrosa. Casi todas eran propiedad de un hermano de mi papá – mi tío Valerio-, pero por razones de trabajo, mi papá trabajaba con el, siempre disponíamos de ellos como si fueran nuestros. La mula Palomina – así se llamaba – era alta gorda y aparentemente muy calmada, pero tenía una particularidad. Era muy Pajarera, o sea, que ibas muy confiado montado en ella a buen paso por cualquier camino, y de repente si miraba una tusa o un cachorón que se moviera entre las varundas, se pegaba un susto y brincaba hacia un lado bruscamente tumbando casi siempre al confiado jinete que la montara. Recuerdo una vez que íbamos por el viejo camino del panteón al Noroto, en el arenal –afortunadamente – mi papá, y yo en las ancas de la mula. Era en la tardecita y yo iba agarrado con una mano a la teja de la silla, mientras que con otra sostenía una jarrilla de peltre llena de manteca de puerco, líquida, aún calientita, la jarrilla, llevaba tapa, y un palito de escoba atravesaba de lado a lado evitando que la tapa se soltara. Apenas habíamos bajado del pedregal para entrar al arroyo arenoso y seco, cuando un conejo brinca de entre unos matanenes o tatachinoles, no recuerdo que mogote era. Pegó un reparo la mula que nos aventó como a diez metros de distancia, cayendo los dos en lo mullido de la blanca arena. A mi padre se le derramó la manteca en el sombrero y le chorreaba por la cara y el pecho, yo enterré la boca en la arena y estuve buen rato escupiendo para tratar de sacarme la arenosa tierra. Nunca se me olvidó ese accidente mular y siempre que lo platiqué mi papá aseguraba que a el no lo tumbó, que solo yo me caí.
El Porsiacaso, era el nombre de un caballo, manso y perezoso. Era alto color alazán tostado, muy flaco, le contábamos con facilidad las vertebras dorsales y lumbares del pobre animal. Y no era que no comiera, esa era su muy especial forma de ser .No engordaba ni con cortisona. Esa misma flaqueza, hacía que se le formaran mataduras, en el lomo con cualquier silla que se le pusiera. Lo usamos mucho cuando estirábamos -jalábamos- el bote de agua de la noria para llenar la pila donde bebían las vacas. El tiro era como de 15 metros .Había un recibidor del tarro de cuero crudo que hacía de bote para el agua , y el caballo ya estaba bien entrenado para jalar .Salía cancinamente y cuando el bote lleno de agua estaba a la altura de la cintura del recibidor , se frenaba solito y se daba la vuelta para darle mecate al que vaciaba el agua a la pila .Dos veces al día todos los días durante tres años , usamos al Porsiacaso y nunca nos tumbó a mi hermano ni a mi ni nos hizo una trastada .
La Patachueca era otra cosa, esta era una mula pequeña y nerviosa. Desde que nació lo hizo con una tara, la pata izquierda quedó mas pequeña y flaca, aunque siempre llegaba a sostenerse en ella, solo que no apoyaba con el casco sino con el dorso de su pata. A pesar de su defecto era poseedora de una “andadura” envidiable, serenita se desplazaba, como si no padeciera nada en su pata. Desde joven, la mula, protestaba por que le jalaran los pelitos de sus ancas, y lo hacia de una manera muy especial, empezaba a reparar y tirar patadas haciendo circulo un buen rato hasta que volvía la calma, se serenaba y como si nada. Conociendo esto mi papá, la usó como táctica para salir bien librado de algunos pleitos de cantina que tuvo en el Cerro Agudo y en el Becal, cuando andaba de perdulario. Una ocasión le salvó la vida , pues estando mi padre cierta aciaga noche , en un billar del rancho, bebiendo con parientes y amigos , explotaron en ese lugar y esa noche corajes guardados .La luz del billar se fue .apenas un oh de exclamación que fue acallado por los truenos repetidos de varias armas , quedando tendidos Gaudencio Avilés –mi tío Bencho-y el Güero Valdez. Ambos inertes por las balas que dispararon sus enemigos. Mi padre fue perseguido, se subió a la mula le jaló los pelitos, y esta empezó a remolinear tirando patadas, en la oscuridad entre bosques de agustinas que rodeaban el lugar .Después salió disparada por el camino hacía afuera de la ranchería y las balas silbando alrededor de ella. A mi papá no le tocó ninguna de las balas enviadas , pues al empesar a reparar la mula lo aventó al agustinal donde quedó atontado un rato , los matones creyeron que había huido y se desentendieron de el. Al rato salió de entre las ramas, con la camisa llena de leche de agustina y con un cuerno lepe en la mano, sin nada que lamentar en su cuerpo ..


